Mi carné de lector aficionado



¿ES UN PÁJARO? ¿ES UN AVIÓN? ¿PODRÍA SER ACASO...
Acaso, digo yo, no podría utilizar el ascensor como todo el mundo.

Datos básicos (todito: Fasteburro, Buittrer, Pichagram) sobre el llamado: 

EL TIPO

Catastróficamente humano, mitad foca, y, también, en parte anchoa, sólo abandona el agua para leer tebeos y puede ser visto caminando en grandes grupos de hasta cuatrocientos individuos. Cifra que en realidad podría corresponder a un mito tomado del Gran libro negro del mundillo por algunos divulgadores del tebeo (así en minúscula). Realmente se desconoce con exactitud la manera en que durante ciertas épocas del año entra a formar parte de estos grandes grupos de lectores de historietas. Aunque en gran medida la creación de estos bandos suele coincidir con movimientos del talud continental que conllevan la eclosión de un ecosistema de paradas fanerógamas abarrotadas a puro capricho por montoneras de papel. Capaz de digerir casi exclusivamente ese tipo de fibras, tebeos, libros o revistas de o sobre historieta, su vida fuera de estos grupos es casi desconocida por los especialistas del medio; no obstante, otra de las grandes trolas transformadas en leyenda a través de los hilos de la vedija de la divulgación sea el describir a este esplendido especimen de figurón autárquico, a este dulce y meloso lectoespectador, como un lector medio. "¡Un friki!"
Y qué cosa pueda ser eso de lo friki únicamente lo sabe el divulgador. Friki él mismo entre los frikis...  El divulgador, por supuesto, ese listo agarrado a un ramillete de globos que cree volar cuando apenas flota abandonado a sus periplos escénicos. Y ahí abajo flotan, ya lo creo que sí, todos ellos flotan allá abajo. Con este sólo comparte nuestro héroe una vida acuática diferenciada por lo que el flotante divulgador tiene en llamar normalización. Lo normal es lo normal. Lo friki es lo friki. Y lo friki y normal no serían lo mismo si ambos no derivasen de un principio básico común por lo menos contemporáneo: lo desacomplejado. El summum gástrico o cerebral, ya que resulta díficil distinguir el punto exacto de la infección hasta que llegan los que serían últimos estertores de imaginación febril pero sesuda, el patinazo neuronal último a partir del que, sin complejos, víctima del desnudo paradójico, el lector aficionado ha pasado a convertirse en un lector profesional del movimiento. O de todo lo que se pueda demostrar andando. Andando hacia adelante, siempre adelante. Para girar la cabeza trescientos sesenta grados según den la vuelta amigos, editores, autores, suegras, y hasta libreros especializados. ¡Ay!, el librero o amo de los agujeros de morlocks, única criatura inmunizada. Y quien de matar o ver morir, que para el caso es igual, al friki que al alucinado de los pompones horribles. Todo aprovecha al librero: pone la pista al payaso y la trampa al lector medio. El tipo (con su Fasteburro, con  todo su Buittrer)  odia más que a nadie al librero. Si pudiera agarrar a uno por los precios y apretar fuerte exprimiéndoselos qué feliz sería. Aunque, ojo, la culpa es de los editores que los suben como... Y qué bien viste el editor. Como aquel buen salvaje que empezaba hablando del precio del papel y la crisis del petróleo para enseguida pasar a regañarte por el momento fodástico en el que vivías gracias a su generosidad y valentía. Menos mal que hoy son muros. ¡Ufa! Porque como a alguien le dé por levantar tapias aquí va acabar armándose una normalización de las que sacan por las teles.
Y, bueno, al final, que digo yo, el tipo este... ¿es capaz de volar o flota como todo el mundo?
Porque aquí parece que todo dios puede flotar.

El tipo

Blogósfera de la cosa del tebeo, año cinco tras la primera muerte de nuestro señor.

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